Manuel Gómez Anuarbe
Reflexiones de Manuel Gómez Anuarbe sobre arte, ciencia y progreso tecnológico.
ARTE, DISEÑO Y TECNOLOGÍA SOSTENIBLE
La exposición “Tecnoart: El inevitable encuentro del arte y la tecnología en un entorno sostenible” pretende ser mucho más que una exposición de nuevas tecnologías marítimas. El conjunto de modelos expuestos responde a los retos que se presentan al investigador para dar solución a los diseños más convenientes y adaptados a las necesidades para las que han sido creados.
Incluye además una serie de esculturas que tratan de interpretar y simbolizar estos logros a través del mundo del arte. Junto a la tecnología y el diseño de prototipos tecnológicos marítimos, las creaciones artísticas pueden y deben mostrar con su simbología otros aspectos que escapan a los meramente tecnológicos.
El artista es como un mago que puede servir de “medium” entre el científico y la naturaleza para mostrar nuevos caminos al servicio del bien común. En muchos casos, el misterio de la realidad solo puede dejar de parecernos absurdo cuando se contempla bajo la mirada del artista, camuflada de un espíritu místico.
Buques con velas solares, trineos submarinos fotogramétricos, remolcadores, canales de experiencias hidrodinámicas, landers, paneles visualizadores en tres dimensiones o robots, se exponen junto con las versiones creativas de diferentes artistas que expresan visiones personales, alejadas del mundo tecnológico, pero no por ello contradictorias, que induzcan a reflexionar desde afuera y, por lo tanto, desde un plano más general.
Los conocimientos científicos parecen ostentar actualmente un rango muy superior a otras formas posibles de aproximación teórica a la realidad. La ciencia aplicada y la tecnología representarían el progreso cognoscitivo más avanzado en un proceso continuo de dominación de la naturaleza como consecuencia de la insaciable curiosidad del hombre por conocer y comprender el conjunto de fenómenos que se le presentan.
Los avances tecnológicos han estado sustentados en la falsa teoría de un progreso material continuo y exponencial que se identifica con la felicidad del ser humano, una combinación de positivismo lógico que rechaza todo lo empíricamente no verificable y la convicción de que la materia es la única realidad.
“Nuestro objetivo”, escribe Stephen Hawking, “es nada menos que hacer una descripción completa del universo en que vivimos”. Pero la forma de alcanzar este objetivo divide a los propios científicos: mientras la mayoría cree que sus modelos se aproximan a una realidad objetiva y que, con el paso del tiempo, se harán cada vez más fiables hasta conseguir describir las “leyes de la naturaleza”, otros dudan que podamos conocer alguna vez la realidad, porque solo alcanzamos a saber sobre modelos. La mecánica cuántica nos ha familiarizado ya con la idea de que la realidad no existe por sí misma, disociada del sujeto observador.
La preocupación científica por el tamaño y el número, es decir por el desarrollo, es concomitante con un síntoma de megalomanía. No importa en cuánto se multiplique el número de estrellas o galaxias, siempre nos quedaremos cortos respecto de la materia que se necesita para explicar el universo.
Tanto la ciencia como la filosofía de nuestro tiempo, en su búsqueda de un fundamento absoluto, se han encontrado con una ausencia de fundamento. Karl Popper demostró que la “verificación” no asegura la verdad de una teoría científica, aniquilando la doctrina de la inducción, de manera que nuestro conocimiento de la naturaleza es siempre conjetural. La verdadera ciencia es siempre “abierta”.
Esta actitud de dominio de la ciencia refleja el triunfo del dualismo cartesiano de separación entre el sujeto y el objeto, entre el yo y el universo, una teoría invalidada posteriormente por filósofos como Kant o Wittgenstein.
El afán de conocimiento basado en la ciencia no se agotaría, sin embargo, en la dominación del universo sino que, afortunadamente, responde también a un desinteresado deseo de adquirir un mayor conocimiento que ayude a la comprensión del mundo en que vivimos.
Esta doble faceta de la aproximación tecnológica al conocimiento del mundo debería estar apoyado en el marco general de la cultura y su expresión más ambiciosa que es el arte.
La ciencia parece haber cosechado sus mayores éxitos en la paciente labor de soluciones prácticas basadas en sólidos sistemas de creencias empíricas. Pero la ciencia no es la única actividad humanamente relevante. La filosofía, la experiencia inmediata artística o mística, la imaginación, la simpatía y empatía , el sufrimiento o el amor son igualmente fuentes de conocimiento que siguen por caminos y parámetros diferentes, no por ello necesariamente contradictorias de las científicas.
Como prudentemente recuerda C. G. Hempel, gran defensor del método científico, “ninguna teoría, por más incluyente que sea, puede pretender dar una descripción por completo exacta de cualquier clase de fenómeno empírico”. Las teorías científicas más aceptadas en un momento determinado pueden ser en cualquier momento invalidadas dentro de un marco teórico más amplio, lo que obliga al científico a mantener siempre una mente crítica y abierta.
Los espectaculares avances del progreso tecnológico van unidos a efectos imprevistos, inciertos o nefastos del progreso, lo que obliga al científico a comportarse cada vez de manera más cauta y aceptar la ayuda de otras formas de conocimiento, basadas en otro tipo de experiencias y en otros valores sociales, éticos y culturales.
Este problema preocupaba ya a los antiguos filósofos griegos. Tanto Platón como Aristóteles se sorprendían de que el progreso técnico, económico e incluso artístico no iba acompañado necesariamente de un progreso de la ética y de la política.
El desarrollo de la tecnología actual ha de tener en cuenta en su expansión las limitaciones y posibilidades del conjunto de valores de la sociedad. El respeto a los escasos recursos naturales obliga a las nuevas tecnologías a proceder con criterios “sostenedores”, consciente de que la naturaleza es un bien escaso y frágil, cuyo despilfarro no puede ser permitido.
Razones de propia supervivencia obligan a las nuevas tecnologías a proceder con criterios ecológicos pero sin olvidar la ética y justicia sociales. La riqueza de las especies marinas, peligrosamente amenazadas actualmente, debería ser un aliciente para que las nuevas tecnologías no se dirijan a la explotación indiscriminada de las mismas, sino a su desarrollo y mejora, sin dejar por ello de explotarse de la manera más sostenible posible.
La aplicación de esta filosofía implica en primer lugar una defensa de los propios fondos marinos y su uso racional en beneficio de la totalidad de la sociedad y no de los grupos privilegiados que puedan tener acceso privilegiado a dichas tecnologías.
Nuestro mayor deseo sería que el conjunto de prototipos tecnológicos y sus versiones artísticas que forman parte de Tecnoart consiga lograr estos propósitos.






